jueves, 14 de enero de 2016

Guerra de espinas...

El tiempo fluía por los recovecos de esas tristes calles. Las sombras invadían a las luciérnagas y la luz se evaporaba entre los susurros de los grillos. El viento aciago acariciaba mis pestañas entre la espuma de las olas y dormía mis sueños con siniestras canciones. Yo no elegí caminar por esas calles, pero tenía claro que dejaría huella en ellas. Todo estaba desierto y desolado a causa del mayor atentado que había cometido nunca. Había asesinado al amor en su estado más noble. Lo había despojado de todas sus arterias, venas y también de esos sentimientos dulces de olor a rosas. Solo quedaban los restos de un alma partida en un trillón de pedazos. Pude recoger su ilusión, su sonrisa, su felicidad, su armonía y su paz. No encontré sus ojos ni su mirada. En los muros de nuestra explosión se leían himnos de incompatibilidad y de tristeza que estaban escritos con cañones cargados de ira y dolor. Éramos un puzzle imposible de completar y la mejor opción era buscar otro en el que se pudiese encajar más. Al mío le faltaban piezas complementarias.


Las balas más dolorosas son las de la verdad y en el campo de batalla, la munición más importante no la puedes reservar para el final. Un golpe certero a tiempo me ha hecho ganar más de una batalla. Te faltaron agallas en todos esos momentos y ahora no me sirven tus palabras escritas con tinta blanca. Palabras que no se pueden leer y que si tuviese la oportunidad de hacerlo, no les otorgaría ninguna importancia. Esta guerra la hemos defendido desde nuestras mentes y a veces te has buscado seguros a terceros para acecharme por la espalda. No pude tolerar ni un minuto de cobardía más. No pude perdonar gestos ni acciones nocivos como ese remoto ayer. Siete demonios me controlan y siete demonios hacen padecer a todo aquel que me rodee. Es un constante trastorno insano el que recome y enfurece mis neuronas. Es una demencia que me corrompe en siete pedazos. No existe agua divina que me bendiga ni ningún ritual mágico y celestial que me calme. Soy esclavo de los siete y peco de no guardar ningún as más bajo mi piel. Los siete osan llamarse: "transparencia, locura, verdad, amistad, fuerza, pasión y tempestad". Ojalá los siete me acompañen siempre y nadie me libre de ellos con ningún tipo de exorcismo.



Están renaciendo flores en este campo de concentración de sentimientos, aunque a veces hay que tomar decisiones que rompen el corazón, pero hacen que respire el alma. Esas flores son blancas. Son flores de paz y no tienen ningún tipo de espina. Ya no nos volveremos a clavar ninguna falsa ilusión en el costado ni sangraremos traición. Recogimos lo que sembramos. Volveremos a recoger nuevas ilusiones cuando nuestras acciones den su fruto. Ahora mismo irradio tranquilidad.

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