lunes, 31 de agosto de 2015

Lágrimas de verano...

Contemplar las olas, besar su espuma, relajar mis sueños entre nubes de algodón. Dispersar sonrisas sin felicidad mientras navego por las aguas del tiempo. Un horizonte insípido se divisaba, un horizonte de colores apagados: colores de ceniza. El viento soplaba mientras arrastraba las perlas de arena por mi piel, que como misiles de guerra me encadenaba hacia la más pura melancolía. Remolinos de alegría hundiéndose entre las tormentas de verano. Un verano que comenzó con el sol más radiante de cualquier constelación y cuya supernova no ha dejado ni rastro de tanto brillo en esta fría oscuridad. Solía leer historias con finales felices en esas playas perdidas, pero ya solo quedan los escombros de una inmensa catedral que colgaba de los acantilados. Esa catedral que se escondía en la inmensidad del abismo. Esa catedral cuyas vidrieras reflejaban las vivencias de nuestras vidas. He abandonado mis plegarias para llevar una vida de anticristo.


Nunca fue arte amar el amor idílico de la literatura. Nunca fue arte pensar que los colores se mantendrían igual de vivos siempre y que nunca se irían apagando. Nunca fue arte pensar que viviríamos en esos castillos de cuentos de hadas o en los palacios de alfombra roja. Nunca fue arte suponer que los versos de un poeta muerto inspirarían nuestros desvelos de madrugada. Nunca fue arte imaginar que la vida misma nos devolvería a esos mundos donde caminábamos entre rosas sin espinas. Nunca fue arte adorar a las estrellas que ni siquiera vemos o pensar que la magia podría iluminar nuestros viejos relojes. Nunca fue arte contemplar nuestra luz en esos océanos de mentiras. Nunca fue arte socorrer una herida de muerte, pero al menos lo intentamos. Nunca fue arte fingir que nuestra obra maestra era merecedora de un Óscar. Nuestra historia escrita entre dunas de aspereza no fue arte, pero quisimos pensar que la perfección se nos quedaba pequeña, que nosotros ya la habíamos alcanzado hace mucho tiempo. Está comprobado que si no funcionó una vez, todas las demás fueron minutos de Rolex en vano.


Todo nació como Venus entre conchas a la orilla del mar bajo una cascada de flores, pero se esfumó con el mismo huracán que lo traía. Me niego a sumergirme en un lago de dolor o entre cartas de póquer millonarias. Mis historias no serán de un vagabundo corrupto por sus cartas de desesperación y de agonía. La larga elegía de nuestras lluvias no superará los ríos sin vida de Jorge Manrique ni las neoyorquinas lunas de Machado. Nuestras lluvias no se escribirán entre el sufrimiento del pasado ni la proyección del futuro. Nuestras lluvias ya están secas. Nunca hay que olvidar el pasado, siempre hay que tenerlo en cuenta para poder superar con creces el presente y no resbalar por los mismos acantilados del ayer. Cuando todo acabó, nos dimos cuenta de que no hubo nada y que nada fuimos.

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