domingo, 1 de diciembre de 2013

Las manecillas del reloj...

Un grano de arena que cae, un tic (sin el tac), un suspiro a medio acabar, un beso que no se da, un silbido al aire..., en el fondo no son más que golpes del segundero que no son piadosos ni quieren esperar a que caiga otro grano, que suene el tac, que termine el suspiro, que se dé el beso o que el eco regrese.

Cuando éramos pequeños no nos preocupábamos de nada, vivíamos en un estado de felicidad óptimo, generalizo. Todo lo que hacíamos era sin ton si son, o con ton pero sin son pero que más da, ¿alguien se preocupó en hacer las cosas en el momento adecuado o simplemente nos movíamos sin apreciar la caída de la lluvia año tras año? Siendo adolescente ya valoras más el golpe del minutero, eres consciente que la aguja del segundero es imposible de controlar. Un viaje, muchas risas, fiestas, largos momentos, minutos... Empezamos a preocuparnos por "aprovechar" el tiempo, que es lo verdaderamente importante. Los grandes mentores y expertos de la vida se reirán de nuestras preocupaciones, objetarán que la aguja horaria va pasando y son los que de verdad se han planteado que no hay ningún mecanismo ni ningún relojero que retrase infinitamente la ruptura del reloj.

Por eso, antes de llegar a ser los que cuenten a las próximas generaciones lo vivido tenemos que aprovechar y tenemos que arriesgar. Todo  lo que no hagamos, ni en el intento se quedará, y todo lo que perdamos por haberlo intentado, con orgullo lo debemos tomar, ya que no sangrará el remordimiento en nuestra consciencia. Es necesario decir "te quiero", es necesario decir "lo siento", es necesario enfadarse, es necesario confiar en el hoy sin esperar que haya un mañana, ya que puede que ese mañana nunca llegue. Es necesario contemplar la luz antes de que llegue la sombra. Es necesario aprovechar el segundero y el minutero antes que arrepentirse viendo como da golpes la aguja horaria.

¿Cómo podríamos resumir tantas ideas dichas y tantas por decir? ¿Carpe diem?

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