lunes, 2 de diciembre de 2013

Espionaje a low cost...

Como si de un vuelo a precio de mercadillo se tratase hablamos del espionaje en plena actualidad. En este sector no existen las primeras clases, ni asistentes que pasen una bandeja para que seleccionemos "gratis" lo que nos plazca. Todos entramos dentro del mismo envasado.

Hablo de Google, la plataforma más amada del internauta y la empresa con mayor poderío del manejo de datos que existe hoy en día. Más de la mitad de la población española luce elegante su smartphone Android de media o alta gama, presumiendo de lo privado y seguro que puede llegar a ser. ¿Nunca os habéis planteado por qué los numerosos servicios que ofrece Google son "gratuitos"? ¿Quién trabaja sin recibir nada a cambio? Nos hacen leer su política de privacidad: miles y miles de términos maquillados que resultan tediosos a la vista. Ignorantes de la situación, cogemos la pluma informática y firmamos el contrato que nos encarcela. ¿Qué aceptamos realmente? Aceptamos ser víctimas del espionaje y ofrecerles toda la información que necesitan a cambio de sus aparentes servicios a coste cero. 

La pregunta que circula por nuestra autopista de neuronas es: ¿Y por qué yo? ¿Qué les puede interesar de un transeúnte de la vida como yo? Les interesa mantenernos distraídos: conocer los gustos de la gente (reflejo de las millones de búsquedas diarias en Google Chrome); conocer con quiénes chateamos (Gmail o cualquier otra aplicación de mensajería instantánea); dónde estamos y qué decimos (GPS y altavoz de nuestros smartphones); dónde vivimos (imágenes detalladas de nuestras viviendas que podemos obtener desde Google Maps); las imágenes más íntimas de nuestras vidas (tráfico de imágenes en las redes sociales). Todos estos cauces de dígitos ayudan a lanzar campañas publicitarias eficaces, productos que satisfagan las necesidades que hoy no tenemos, conocer sobre qué fechas rondará la aparición del ataque de cierta epidemia anualmente, simplemente leyendo correos electrónicos del día a día y hasta según afirman desde las cavernas más oscuras de la compañía, conocer cuándo una acción va a subir o bajar en la bolsa. Indagando dentro de nuestro Pepito Grillo llegamos a entender que toda esta información es más valiosa que una mina de oro y a muchas multinacionales les interesa.

Ya queda obsoleta la expresión de "las paredes escuchan" porque es prácticamente imposible intentar mantener privada nuestra información. ¿De verdad podemos osar a decir que llevamos una vida íntima y privada?

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