domingo, 15 de diciembre de 2013

Construyendo nuestras raíces...

Hay millones de centenares de árboles en el mundo, unos que presumen de haber nacido en los Jardines Colgantes de Babilonia o en la boca del apoteósico Amazonas y otros que siguen batallando por su supervivencia en zonas más áridas. Desde que éramos semillas nos han intentado cortar las ramas que convergerían en las entrañas de lo prohibido y han derrochado exponencialmente su aliento en hacer todo lo posible para evitar la curvatura de nuestro particular ejemplar. 

Nunca se nos otorgaron las llaves que nos conducirían a las puertas de ser un abeto, una palmera o simplemente un olivo, pero siendo más verdes que maduros llegará el momento en el que debamos empezar a encargarnos de la compleja y espinosa tarea de velar por nuestro propio árbol. Cuando somos conscientes de esto descubrimos que hay más periodos otoñales que espléndidas primaveras y que debemos ser astutos para no colisionar frecuentemente con los álgidos inviernos ni calcinarnos en los sofocantes veranos. Debemos aprender de las tormentas, de las nevadas y de los periodos de estío, hay que impregnarse de todo lo negativo porque con ello también producimos el oxígeno que nos mantiene con vida, necesitamos realizar un balance yin-yang para poder responder a los destartalados precipicios que se relamen ansiosos esperando a que seamos arrojados y hay que recordar que sin CO2 no podríamos sobrevivir. 

Una hoja tras otra se va desprendiendo desde lo más alto de la copa, muy pocas, en cambio, permanecen intactas hasta la llegada del último vendaval, pero en cada hoja caída el viento se lleva un extracto de nuestro ser. No olvidemos que requerimos de múltiples y numerosos suministros para continuar sobreviviendo y que no hay ninfas ni laurel, sacro ni profano, ni secuoya ni bonsái que tengan un desenlace distinto al nuestro por muchas fuentes de la juventud de las hayan osado beber.

Es frecuente ver como nos evadimos de pensar la ardua tarea que es mantener en pie nuestro árbol y el proceso oblicuo que tenemos que hacer para no acabar posando nuestros labios contra el suelo. Es necesario cortar ramas, es necesario dejar caer hojas antes de tiempo y es necesario ser los pintores que tracen los anillos troncales que explican nuestras vidas. Antes de derramar sangre buscando la perfección de nuestro árbol no podemos dejar que la invasora pereza acabe convirtiendo el espléndido árbol que podemos llegar a ser en cenizas fundidas por el calor del invierno.

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