domingo, 19 de agosto de 2012

Ya no estoy gordo...

No es algo dulce que llevo arrastrando durante días y noches. Saber que vas al baño y tienes la dura condena de mirarte al espejo. Ver como las partes de tu cuerpo son un poco amorfas y no son como las de los demás. Mirar de nuevo para intentar creer que es mentira y que en realidad marcas el mismo torso que cualquier tío de televisión. Te fijas en lo que verdaderamente eres y sales corriendo en busca del silencio para poder respirar. Ese silencio amargo, triste, melancólico, arduo y tenso. Ese silencio sonoro.

Una mañana de las que te levantas asustado te acercas a la báscula para saber si has engordado, pero una cortina de lágrimas te impide ver si han aparecido las malditas cifras que rompen tu salud, dignidad, movilidad, alegría, risas, llantos, etc. Sí, había subido de peso. Sabía que tenía ese problema, estaba cada vez más gordo y no me sentía bien conmigo mismo. Era un martirio merecido o tal vez una contra por ser yo mismo. Reflexionaba muchas veces sobre este problema pero aparte de llorar sólo conseguía duras penas. Penas acompañadas de otro manjar de amargura.

Estuviese donde estuviese, aunque no era un obeso exagerado todos te miraban por tener la tripa desarrollada y ver que los demás eran delgados. A veces lanzaban comentarios odiosos llenos de veneno, solamente con la intención de herir al otro. Me sentía superapagado en un mar de soledad que nada más podían comprender algunos como yo. Saber que llegaban las pruebas físicas y tenías miedo porque eras el chico que peores marcas tenía pero aún superarte cada vez y saber cuales son tus límites. Saber que cuando vas a la playa y todos te observan extrañados de lo que eres y no es miedo lo que sienten; es una repugnancia idílica y te lo demuestran con miradas en las que clavan dagas para que sangres.

Finales de mayo. Mi madre se enfada muchísimo porque había engordado de nuevo, estaba rozando unos límites que no eran normales. Cada vez me sentía peor y no tenía más remedio que cambiar un hábito horrible, parar de llorar, sonreír y sentirme como los demás. Decidí comenzar con una estricta dieta que cambiaría mis hábitos al cien por cien y fue cierto. Pasaba los días en ayunas. Sentía que todo era cada vez peor y me sentía mal. Me faltaban fuerzas para superarme día a día. No sentía valentía alguna para seguir con esto. Pero hay veces que aparecen personas que te valoran sólo por dentro y te comprenden, con cuatro palabras te ayudan a seguir para que estés mejor. Mirar tu peso y ver que cada vez estás perdiendo más peso era una alegría con la que me sentía mejor conmigo mismo.

Después de perder casi veinte kilos en tres meses he decidido frenar e ir un poco más lento, perder poco a poco. Ya me siento mejor conmigo mismo, veo que me aproximo a ser como yo quiero ser. Ahora quiero que todos los que se reían de mí o me miraban con caras raras griten y aplaudan mi esfuerzo que no ha sido en vano y que antes de haber dicho nada se pongan en el lugar del otro para ver cómo se siente. Muchas gracias.

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