jueves, 23 de agosto de 2012

Camelias Rojas...

Eran solamente las siete de la mañana cuando el sol hambriento empezaba a depositar sus rayos en nuestras cálidas tierras. Ya olía a pan recién hecho en la cocina de mis padres. Las flores del jardín emitían bellísimos colores formando un arco iris de sensaciones. En el inmenso paraíso florar destacaban las camelias blancas que estaban plantadas desde que nací, mi madre creía que traerían la esperanza y la fortuna a nuestras vidas. Verlas cada mañana llenas de vida es un privilegio.

Bajé para poner en orden la mesa. La familia iba a degustar de su placentero desayuno matinal. Los cubiertos de plata, platos de oro y vasos de un brillante cristal. La habitación donde nos alojábamos tenía un amplío ventanal que daba vistas al paraíso terrenal antes mencionado. Este desayuno con diamantes era una delicia entre las maravillas que había visto. Todos estábamos sentados con la mesa en orden, teníamos una gustosa conversación. El primer sirviente hizo su aparición. Trajo unas tostadas bastante calientes junto al aroma de las distintas sustancias que podríamos untar. El segundo nos hizo presenciar un espectáculo con su habilidad para hacer un buenísimo café. Era una receta que pertenecía a su familia desde hace muchísimo tiempo. Mirar el vaso de ese cristal tan fino acompañado de ese mar violento de sabor me hacía morderme los labios y querer empezar pero, todavía faltaba el último sirviente que nos traería la especialidad del día. Eran las ocho y tres minutos pero el maestro no había entrado con la bandeja principal. Mi padre nos otorgó una de sus malévolas sonrisas, odiaba que no se respetase la puntualidad y este hecho no lo tragaba. A las ocho y ocho minutos hizo su aparición, minuto de la suerte. Depositó bastante callado la bandeja en la mesa y se marchó. No nos dio ningún discurso ni un monólogo como estábamos acostumbrados. Mi madre que no estaba tan férreamente atada a la puntualidad levantó la tapa y observó que no había nada.
-El plato principal de hoy es el silencio -anoté. 

Mis padres se levantaron enfurecidos y se dirigieron a la cocina. Iban a reprocharle su mala acción y probablemente a reducir su salario. Hoy tuve un desayuno bastante aburrido. Aparecieron las primeras nubes en el cielo y las puertas se cerraron de un fuerte golpe por el viento. Fue un desayuno triste y apagado como el alma del señor del silencio. 

Mientras mi abuela cosía unos viejos pantalones de mi abuelo en una habitación de mi casa mi hermana y yo nos fuimos hacia el jardín. Reposábamos alegremente bajo la sombra del manzano. Algunas ardillas correteaban felices por nuestro entorno y parecía que el problema que se provocó hace un tiempo no tendría importancia. Saqué la armónica y mi hermana me acompañó con su violín. Era un dueto compuesto por una sinfonía en armonía con la naturaleza, las notas musicales besaban el sentido auditivo de sus receptores y hacían que disfrutasen de una melodía con mucho simbolismo. Los insectos danzaban y las mariposas volaban bailando con sus alas y figuras formando.

Después del exitoso musical regresé a mi habitación donde encontré una camelia blanca encima de mis poesías. Habían arrancado una de las raíces de mi nacimiento. El miedo se apoderó de mi mente y me hizo pensar que querían gastar una broma bastante pesada. Al lado de la camelia se encontraba una nota en la que estaba escrita "08:08" que fue el momento en el que el último sirviente hizo su aparición. ¿Sería una señal de la fortuna? No sabía qué podría ser pero me interesaba esta historia de detectives. 

Cada mañana amanecía más oscuro y triste y una nueva camelia blanca aparecía con su misma nota. Era una tortura diaria que corrompía mis lágrimas al ver qué todo era diferente. Las mañanas carecían de felicidad, las tardes de alegría y compañía y las noches de grandeza y bondad. Todo había cambiado y las camelias que llenaban el jardín nos estaban abandonando. Nadie veía quién cortaba las camelias ni quién las depositaba en mi habitación cada mañana con el horario maldito que cambio los hábitos de mi distrito con maldad. 

Hoy se cumplían sesenta días desde que mi paraíso floral empezó a marchitarse y cuando me levanté vi una camelia roja junto a la nota "08:09" se había cumplido un minuto desde que las camelias empezaron a llegar. Las nubes comenzaron a llegar impidiendo al sol mostrar su belleza natural y hoy no podríamos abrir el ventanal. Hoy desayunaríamos en el jardín observando las perlas del cielo aunque estábamos cubiertos. Las pocas camelias blancas que quedaban nos acompañaban en él. Esta vez no disponíamos de cubiertos hechos por piedras preciosas ni de un amplío ventanal por donde ver belleza. Sólo de una triste y fea mañana junto a mi gran familia. El primer sirviente nos dejó un plato con pan tierno y caliente. El segundo sirviente nos trajo su café exquisito y a las 08:07 apareció el último sirviente. Este nos trajo la misma bandeja pero esta vez venía entre la lluvia. Mi padre extrañado lo miró e intentó preguntar algo pero este lo interrumpió incitándole a destapar la bandeja. Mi padre hizo lo exigido y todos contemplamos una gran espada dorada. Alzó la espada al cielo y la hizo atravesar por uno de mis puntos vitales. Las camelias blancas se volvieron rojas en plena lluvia, el hilo con el que mi abuela cosía se rompió al igual que el de mi vida, la lluvia respondió con furiosos y destructivos granizos, el ventanal se partió en dos por el fuerte viento y todos empezaron a dejar bajar tristes lágrimas por sus rostros. Hoy se cumplían sesenta días desde que mi padre despidió al tercer sirviente cuando este juró vengarse para eliminar a un gran poeta de la bola azul. Mi cuerpo sin apenas respiración bajó para depositarse exhausto entre las camelias rojas. 

El rencor y la injusticia no son dos armas con las que funcione el mundo. 

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